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LA TOLERANCIA
La tolerancia es la expresión más clara del respeto
por los demás, y como tal es un valor fundamental para la convivencia pacífica
entre las personas. Tiene que ver con el reconocimiento de los otros como seres
humanos, con derecho de ser aceptados en su individualidad y su diferencia. El
que es tolerante sabe que si alguien es de una raza distinta de la suya o
proviene de otro país, otra cultura, otra clase social, o piensa distinto de él
no por ello es rival o enemigo.
Cuando se presentan conflictos, las personas
tolerantes no acuden a la violencia para solucionarlos, porque saben que la
violencia engendra más violencia. Prefieren dialogar con sus oponentes y buscar
puntos de acuerdo. Sin embargo, debemos ser tolerantes pero pasivos. Hay situaciones
frente a las cuales nuestro deber, lejos de quedarnos callados, es protestar
con energía.
PARA SER TOLERANTES...
•Pongámonos en el lugar de los otros para tratar de
entender sus problemas y su manera de actuar.
•Escuchemos sin interrumpir y demos a los demás la
oportunidad de expresarse.
•Veamos en la diversidad de razas y culturas una señal
de la riqueza y amplitud del mundo, en lugar de motivos de confianza.
LA RANA Y LA SERPIENTE
Un bebé rana saltaba por el campo, feliz de haber
dejado de ser renacuajo, cuando se encontró con un ser muy raro que se
arrastraba por el piso. Al principio se asustó mucho, pues jamás en su corta
vida había visto un gusano tan largo y tan gordo.
Además, el ruido que hacía al meter y sacar la lengua
de su boca era como para ponerle la piel de gallina a cualquier rana.
Se trataba en verdad de un bicho raro, pero tenía, eso
sí, los colores más hermosos que el bebé rana había visto jamás. Este vistoso
colorido alegró inmensamente al bebé rana y le hizo abandonar de un momento a
otro sus temores. Fue así como se acercó y le habló. ¡Hola! dijo el bebé rana,
con el tono de voz natural y selvática que encontró. ¿Quién eres tú?¿qué haces
arrastrándote por el piso?
Soy un bebé serpiente contestó el ser, con una voz
llena de silbidos, como el aire se le escapara sin control por entre los
dientes. Las serpientes caminamos así. Quieres que te enseñe.
¡Sí, si! exclamó el bebé rana, impulsándose hacia
arriba con sus dos larguísimas patas traseras, en señal de alegría.
El bebé serpiente le dio entonces unas cuantas clases
del secreto arte de arrastrarse por el piso, en el que ninguna rana se había
aventurado hasta entonces. luego de un par de horas de intentos fallidos, en
los que el bebé rana tragó tierra por montones y terminó con la cabeza clavada
en el suelo y sus largas patas agitándose en el aire, pudo por fin avanzar
algunos metros, aunque de forma bastante cómica.
Ahora quiero enseñarte a saltar. ¿Te gustaría? le
preguntó el bebé rana a su nuevo amigo.
¡Encantado! repuso el bebé serpiente, haciendo
remolinos en suelo, de la emoción.
Para el bebé serpiente fue tan difícil aprender a
saltar como para el bebé rana aprender a arrastrarse por el piso. Fueron
precisas más de dos horas para que el bebé serpiente pudiera despegar del suelo
por completo su larguísimo cuerpo. Al fin lo logró, se veía tan gracioso cuando
se elevaba y chapoteaba tan fuertemente entre el barro después de cada salto,
que los dos amigos no podían menos que reírse a carcajadas. Así pasaron toda la
mañana, divirtiéndose y burlándose amistosamente el uno del otro. Y hubieran
seguido todo el día si sus respectivos estómagos no hubieran empezado a crujir,
recordándoles que era hora de comer.
Al llegar a la casa el bebé rana le dijo a su mamá
mira lo que aprendí a hacer. Y de inmediato se puso a arrastrarse por el piso,
orgulloso de lo que había aprendido.
¿Quién te enseñó a hacer eso? gritó la mamá rana
furiosa, un bebé serpiente de colores que conocí esta mañana contestó el bebé
rana.
¿No sabes que la familia serpiente y la familia rana
somos enemigas? siguió tronando mamá rana. Te prohíbo terminantemente que te
vuelvas a ver con ese bebé serpiente.
¿Por qué?, porque las serpientes no nos gustan, y
punto. Son venenosas y malvadas. Además, nos tienen odio.
Pero si el bebé serpiente no me odia. Él es mi amigo
replicó el bebé rana, con lágrimas en los ojos.
Cuando el bebé serpiente llegó a su casa le ocurrió
algo similar.
¿Quién te enseño a saltar de esa manera tan ridícula?
le preguntó su mamá, parándose en la cola de rabia. Un bebé rana graciosísimo
que conocí esta mañana. ¡Las ranas y las serpientes no pueden andar juntas!¡qué
vergüenza!¡la próxima vez que te encuentres con ese bebé rana, mátalo y
cómetelo!
¿Por qué? preguntó el bebé serpiente.
Porque las serpientes siempre han matado y se han
comido a las ranas. Así ha sido y tiene que seguir siendo siempre.
Al día siguiente, a la hora de la cita, el bebé rana y
el bebé serpiente no se saludaron. Se mantuvieron alejados el uno del otro,
mirándose con desconfianza y recelo, aunque con una profunda tristeza en el
corazón.
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Marcos 12:31)
Que Dios te bendiga.
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